jueves, 17 de abril de 2014

Telas blancas

Estas sábanas son un velo que muestra el momento en el que algo de la realidad interfiere nuestro camino y nos asombra, nos retira la luz durante un momento para dárnosla después, transformándonos en otros.

En la blancura del bosque, las sábanas marcan lugares de encuentro. Lo invisible no es oscuro, sino transparente. Ese dejar pasar la luz de lo invisible nos le oculta en el entorno.

Las sábanas hacen visible el aire del bosque; el viento y el sonido sólo pueden ser vistos por los síntomas que provocan en estas telas; la brisa del bosque se desvela por el efecto que provoca en los pliegues del tejido.

Telas pintadas sobre tela; la aparición es apariencia: los magos creen que pueden aplicar su voluntad sobre la realidad, los pintores creamos la ilusión de una realidad aparecida, representada.



























Madrid-Detroit

Hace ya dos años que se inició la obra de los aparcamientos. La suspensión de las obras por falta de presupuesto embarró la primera fase que se hundió parcialmente. Durante el primer año sólo algún que otro día se escuchaba el ruido de las máquinas excavadoras detrás de las vallas. A partir del verano pasado esta barrera empezó a ceder porque los chatarreros se llevaron algunos segmentos. La parte hundida permite ver la estructura proyectada, imposible de terminar. Para las excavadoras se construyeron unas rampas laterales y las máquinas, paradas en los extremos, nos dan la escala. Algunas rampas han quedado abandonadas ante el avance de la obra y parecen los trazos medio borrados de un dibujo. En los muros del hueco han comenzado los trabajos de sustentación y hay unos anclajes que al principio me parecieron ventanas. Las familias desahuciadas del barrio Oeste se han instalado en estas ruinas inacabadas. Una escultura con un caballero que socorre a una figura caída está rodeada por varios montones de tierra que en la distancia parecen taparla hasta la mitad. Los grupos de resistencia han colgado sus banderas sobre el bronce, también flores de plástico como homenaje a sus caídos en los disturbios. Los muros con los balazos de la Guerra Civil están en el suelo casi enteros, como tabletas de turrón del duro, y están siendo utilizados para las barricadas actuales. Un helicóptero militar sobrevuela el paisaje tomando fotos de los sospechosos; tal vez nos estén fichando en este momento. En un taller de soldadura, al aire libre, comienzan a saltar chispas porque un hombrecito muy delgado se está construyendo una silla con trozos de chatarra que va encontrando. Acaba la silla y se sienta entre los tubos de cemento. Tose y se fuma un pitillo contemplando los incendios de la zona sur, sin agua pero todavía con gas y luz, ahora prácticamente desierta.  














Armas

Las armas son instrumentos de mal augurio.
Cuando no tengas más remedio que usarlas,
Es mejor que te mantengas sosegado.
Nunca debes considerarlas objetos bellos.
Si las ves como objetos bellos,
Te deleitarás en la matanza de los hombres,
Y no comprenderás cuál es tu misión en la tierra.

Tao Te-Ching 










domingo, 8 de enero de 2012

Roma

Sedientos y desmoralizados, nuestra anfitriona nos hace sentar en las sillas de hierro colado de este jardín a orillas del Tíber que huele a hojas verdes y a fruta todavía inmadura que el sol excesivo de este julio romano de 1892 está a punto de arrebatar. Es la esposa del director de la Academia quien nos sirve: del interior de la casa en penumbra aparece su figura alta, en sus manos una bandeja de plata soporta una jarra y varias copas de cristal veneciano que al salir al exterior reflejan la luz de la tarde en los tritones de mármol de la fuente lateral, en la superficie del agua, reflejos sobre los reflejos que genera la fuente. El leve movimiento de su cintura se traduce en un oleaje como de mercurio en el contenido de la jarra que ahora ya ha dejado sobre la mesa. Nunca habíamos probado un agua semejante, toda la fatiga del día se da por buena: el cristal de las copas es tan delgado como una oblea: beber es comulgar líquido. El agua está tan fría que parece imposible que no se haya solidificado en un bloque de hielo duro como una piedra reventando el cristal de la jarra en mil pedazos. Gélida como la losa que soporta un río de alta montaña, esta frialdad nos hace sentir en la lengua que el agua es un mineral. La señora ha hecho del agua un homenaje a la pintura: en cada copa ha colocado una breva, como en el cuadro de El aguador de Sevilla; igual que sucede ante el cuadro, al principio no vimos la fruta: es el paladar el que desde los recuerdos de la niñez ha guiado nuestros ojos hasta la sombra central de estas campanas vítreas. Por el sabor hemos visto.   










domingo, 11 de diciembre de 2011

Montañas rusas

Dragón Rojo (Marsella),
Tobogán del Amor (Londres), 
Espíritu de Lenin (Moscú),
Siete Picos (Madrid),
El Gran Khan (Salou),
Montesquieu Can-Can (París), 
Palacio de Invierno (San Petesburgo),
Divertida Revolución Cultural (Pekín),
Montaña de Dólares (Orlando),
Tarántula Loca (Viena),
Caída Libre Mortal (Toronto),
Espíritu del Aire (Tokio).  





miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cuerdas en el bosque

El cuarteto de cuerda se ausenta para hacer un descanso: nos deja con la melodía todavía entre las hojas, la música aún está prendida entre las ramas del bosque, con el eco de las notas entre las sombras de los árboles. Los músicos no volvieron más; las guitarras que dejaron reposando sobre la hierba comienzan a pudrirse: sin nadie que las haga sonar se han convertido en cajas de madera. Me acuerdo de cuando me mordías en los brazos: tus dientes dibujaban lunitas jugando al corro casi en mis hombros, un sol de lunas cerca de mis muñecas. Cómo echo de menos este dolor. El barniz que protege la tabla armónica se agrieta, la roseta deja de ser la obra de un artesano y se convierte en una corona de espinas; el bosque alimenta sus criaturas con estos pobres objetos que antes sabían cantar. El sol tensa las finas cuerdas hasta romperlas.







domingo, 9 de octubre de 2011

Campos de batalla

Al acabar la escuela íbamos al bunker. El antiguo campo de batalla se había convertido en una viña familiar mal atendida, tras una valla de alambre de espino. Nos colábamos por un badén desprotegido y desde la tronera de la ametralladora tirábamos piedras a las lagartijas. Hacíamos ruido con la boca imitando el sonido de las armas de fuego, disparábamos hacia el pueblo, volábamos por los aires la torre de la iglesia con sus altavoces atados al campanario. Bombardeábamos nuestras propias casas y la plaza de toros: ya nadie podría disfrutar de los espectáculos cómico-taurinos de primavera, ni del boxeo infantil de las vacaciones de verano, ya no podrían levantar el cuadrilátero para el Cachorro de La Paramera.
Después íbamos hasta el puente de hierro. Tocado durante la Guerra, en los sesenta remendaron con placas de acero su estructura, pero al acercarse el tren inaugural saltaron los remaches del arreglo y el puente volvió a su letargo. La cinta con los colores nacionales quedó sin cortar, movida por el viento. El puente parecía el brazo de Lázaro con las vendas flojas rozando el agua. Desde lo alto del puente se veía la caseta de la báscula municipal y su plataforma que apenas descendía cuando colocaban sobre ella los camiones con las jaulas de los cerdos. Saltábamos desde el puente hasta la superficie del río, la rompíamos y tocábamos el limo antes de volver a respirar. Nos tumbábamos en la orilla a secarnos al sol, tendíamos la ropa en los postes de cemento de las defensas anticarro cubiertas de musgo, oíamos ladrar al perro de la armería, le imaginábamos con las patas delanteras apoyadas en el antiguo polvorín, con las orejas tiesas como un dibujo de Walt Disney.A lo lejos se oía una carabina de aire comprimido: mi hermano estaba disparando contra los peces atrapados en los charcos de la presa de El Burguillo. Los peces muertos quedaban flotando como zapatos.