Hace ya dos años que se inició
la obra de los aparcamientos. La suspensión de las obras por falta de
presupuesto embarró la primera fase que se hundió parcialmente. Durante el
primer año sólo algún que otro día se escuchaba el ruido de las máquinas
excavadoras detrás de las vallas. A partir del verano pasado esta barrera
empezó a ceder porque los chatarreros se llevaron algunos segmentos. La parte
hundida permite ver la estructura proyectada, imposible de terminar. Para las
excavadoras se construyeron unas rampas laterales y las máquinas, paradas en
los extremos, nos dan la escala. Algunas rampas han quedado abandonadas ante el
avance de la obra y parecen los trazos medio borrados de un dibujo. En los
muros del hueco han comenzado los trabajos de sustentación y hay unos anclajes
que al principio me parecieron ventanas. Las familias desahuciadas del barrio
Oeste se han instalado en estas ruinas inacabadas. Una escultura con un
caballero que socorre a una figura caída está rodeada por varios montones de
tierra que en la distancia parecen taparla hasta la mitad. Los grupos de
resistencia han colgado sus banderas sobre el bronce, también flores de plástico
como homenaje a sus caídos en los disturbios. Los muros con los balazos de la
Guerra Civil están en el suelo casi enteros, como tabletas de turrón del duro, y están siendo
utilizados para las barricadas actuales. Un helicóptero militar sobrevuela el
paisaje tomando fotos de los sospechosos; tal vez nos estén fichando en este momento. En un taller de
soldadura, al aire libre, comienzan a saltar chispas porque un hombrecito muy
delgado se está construyendo una silla con trozos de chatarra que va
encontrando. Acaba la silla y se sienta entre los tubos de cemento. Tose y se fuma un pitillo contemplando los incendios de la zona sur, sin agua pero todavía con gas y luz, ahora prácticamente desierta.
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